banner



Doce pobladores de Sicuani (Cusco) figuran entre el centenar de pobladores victimados por presuntos senderistas en julio de 1984, en Ayacucho. Sus familiares exigen que se les entregue sus restos.

Los muertos están en Ayacucho, pero el dolor trasciende esta región golpeada. En el distrito cusqueño de Sicuani, Gabina Colque, una anciana de 74 años, murmura en quechua y llora ni bien escucha hablar de Leonardo Sinsaya Colque, su hijo, su “Nanildo”.

“No sé dónde estará. De lo que ha viajado no ha llegado, dónde estará”, dice mientras abre un álbum de fotos para presentarnos al ser por el que llora y por el que ha repetido tantas veces un deseo que tiene el aliento de un rezo: “ya llegará, ya llegará”.

Leonardo Sinsaya es uno de los pobladores de Sicuani que figura entre el centenar de víctimas asesinadas el 16 de julio de 1984 por presuntos terroristas a bordo de un bus de la empresa Cabanino con el que recorrieron diversos parajes y comunidades de la provincia ayacuchana de Sucre para acabar con la vida de comuneros que se habían unido contra Sendero Luminoso. Como estrategia, los perpetradores se disfrazaron de militares y policías, para sacar toda la información posible a los pobladores sublevados y luego masacrarlos. La zona era comandada por Víctor Quispe Palomino, el “camarada José”.

Las víctimas de Sicuani fueron atacadas en Doce Corral, un paraje adonde llegaban para comprar y vender lana de alpaca y solían quedarse por temporadas. Según la Comisión de Derechos Humanos (COMISEDH) y la Vicaría de Sicuani, hasta el momento se han identificado diez pobladores cusqueños asesinados y dos desaparecidos. Aunque solo estaban de paso, los sicuaninos eran vistos como “soplones” por los senderistas. Leonardo Sinsaya ya había recibido amenazas, dice su familia, por lo que había prometido que el viaje de julio de 1984 iba a ser el último. Pero la desgracia llegó antes.

Parada mortal

Cuando el “bus de la muerte” se detuvo en Doce Corral, había caído la granizada. Algunas mujeres de Sicuani que estaban lavando ropa en el río se refugiaron en algunas casas y tiendas. Mientras que otro grupo de hombres y mujeres ayudaba en la construcción de una vivienda. Era casi las 3 de la tarde.

Los presuntos senderistas se dividieron en grupos. Unos cinco hombres se acercaron a quienes trabajaban en la edificación de la casa. “‘Somos soldados, venimos de Puquio’, nos han dicho. ‘¿Han venido terroristas?, preguntaron’. Nosotros no hemos contestado”, narra Irene Arunaca Aguilar, quien sigue viviendo en Doce Corral, el lugar de sus pesadillas, en donde perdió a su esposo Eusebio Mamani Aquino y su hermano Aniceto Arunaca Aguilar, los dos desaparecidos de Sicuani. Más de una interrogante tiene atrapada a Irene en este paraje de alpacas nerviosas en donde hoy sólo quedan dos familias y el frío hace doler la cabeza.

Irene cuenta que los terroristas le amarraron las manos con jebes y la encerraron en un cuarto junto a otras mujeres con hijos. Ella tenía en sus espaldas a William de un año y cuatro meses. De pronto, una de las mujeres reconoció a un senderista y pasó la voz. Las que no hablaron contra Sendero se salvaron y las que sí lo hicieron, murieron.

Cuando los terroristas se fueron para seguir con su sangriento recorrido, las mujeres escaparon a los cerros. “Nos hemos ido pisando las piedritas para no dejar huellas”, narra Irene, quien asegura que a la medianoche regresó el bus a Doce Corral procedente de Soras, donde ya habían sido asesinados líderes ronderos y autoridades. El retorno tenía como objetivo acabar con los sobrevivientes.

De regreso a casa

Aquella tarde, Hilda Condori, que apenas tenía 15 años, también escapó a los cerros luego de ser torturada en una de las tiendas.

Pero su cuñado Raymundo Obanda y su cuñada Bernardina Yucra no se salvaron. Bernardita murió justo cuando su pareja Prudencio Condori, con quien ya tenía dos hijas, se dirigía a Sicuani para avanzar en los preparativos del matrimonio religioso que habían planificado para agosto. Prudencio se enteró de la noticia en el camino, regresó a Doce Corral y con ayuda de su hermano desenterró los restos de su mujer. Los llevó a Sicuani para llorar su tragedia, pero su dolor no cesó. La familia de Bernardina pensó que él la había matado por lo que las autoridades ordenaron la exhumación de los restos.

Bernardina es la única que descansa en Sicuani. Los cuerpos de sus paisanos victimados permanecen en el cementerio de Doce Corral. “Que traigan a mi hijo para enterrarlo junto a su padre”, reclama doña Gabina. Pero la Segunda Fiscalía Penal Supraprovincial de Huamanga que tiene a cargo el caso aún no ordena la exhumación de los cuerpos.

Jackeline Condori, la hija de Bernardina, reconoce que aquellos que tienen a sus muertos lejos enfrentan un dolor mayor. Los familiares de las víctimas de Ayacucho y Sicuani reclaman verdad y justicia. Son 26 años de espera.

Exigen celeridad en investigación

El abogado de COMISEDH, Gustavo Campos, pidió mayor celeridad en la investigación. “Lo que debe hacerse pronto es la exhumación de los cuerpos y dar facilidades para que los sobrevivientes y los familiares de las víctimas den sus declaraciones y alcancen justicia”, aseguró.

COMISEDH se ha encargado de la investigación antropológico-forense de este caso que es aún más grande que el de Lucanamarca por el número de muertos y la atrocidad de los crímenes. Hasta el momento, ha establecido una relación de 99 víctimas y registrado 34 sitios de entierro en donde permanecerían los restos de 72 víctimas.

La Vicaría de Sicuani acompaña la defensa legal de las víctimas del Cusco. Su abogado, Wilmer Quiroz, aseguró que la Fiscalía de Canchis no está ayudando a avanzar en la investigación y aún no recoge los testimonios de los familiares a pesar de la petición que realizó en mayo la fiscalía de Huamanga. Por ello, la Vicaría gestiona el viaje de un grupo de familiares a Ayacucho para que den sus declaraciones.

Milagros Salazar H.
La Republica

Redes Sociales

Video de la semana

 
Top